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17 de marzo de 2010

El principito y el rey



Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Empezó entonces por visitarlos para buscar en ellos una ocupación y para instruirse.

El primero estaba habitado por un rey. El rey estaba instalado, vestido de púrpura y armiño, sobre un trono muy simple y sin embargo majestuoso.

- Ah! He aquí un súbdito, - exclamó el rey cuando divisó al principito.

Y el principito se preguntó: "Cómo puede reconocerme si nunca me ha visto antes !"

No sabía que, para los reyes, el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.

- Acércate para que te vea mejor - le dijo el rey, que estaba muy orgulloso de ser rey para alguien.

El principito buscó con los ojos dónde sentarse, pero el planeta estaba todo cubierto por el magnífico manto de armiño. Permaneció entonces de pie, y como estaba cansado bostezó.

- Es contrario a la etiqueta bostezar en presencia de un rey - le dijo el monarca. Te lo prohíbo.

- No puedo evitarlo - respondió el principito muy confundido. - Hice un largo viaje y no he dormido...

- Entonces - le dijo el rey - te ordeno bostezar. No he visto a nadie bostezar desde hace años. Los bostezos son para mí una rareza. Vamos! bosteza de nuevo. Es una orden.

- Me siento intimidado... ya no puedo... - dijo el principito todo colorado.

- Hum! Hum! - respondió el rey. - Entonces te... te ordeno bostezar unas veces y otras veces...

Balbuceaba un poco y parecía incómodo.

Porque el rey cuidaba especialmente que su autoridad fuera respetada. No toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero, como era muy bueno, impartía órdenes razonables.

"Si yo ordenara – decía habitualmente - si yo ordenara a un general convertirse en ave marina, y si el general no obedeciera, no sería la culpa del general. Sería mi culpa."

- Me puedo sentar ? - inquirió tímidamente el principito.

- Te ordeno que te sientes - le respondió el rey, que recogió majestuosamente un faldón de su manto de armiño.

Pero el principito estaba extrañado. El planeta era minúsculo. Sobre qué podía reinar el rey ?

- Majestad – le dijo... – le pido disculpas por interrogarlo...

- Te ordeno interrogarme – se apresuró a decir el rey.

- Majestad... sobre qué reina usted ?

- Sobre todo – respondió el rey, con una gran simplicidad.

- Sobre todo ?

El rey con un gesto discreto señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.

- Sobre todo eso ? – dijo el principito.

- Sobre todo eso... - respondió el rey.

Porque no sólo era un monarca absoluto sino que era un monarca universal.

- Y las estrellas le obedecen ?

- Por supuesto – le dijo el rey. – Obedecen enseguida. No tolero la indisciplina.

Semejante poder maravilló al principito. Si él mismo lo hubiera tenido, habría podido asistir, no a cuarenta y cuatro, sino a setenta y dos, o incluso a cien, o incluso a doscientas puestas de sol en el mismo día, sin tener que correr nunca su silla ! Y como se sentía un poco triste por el recuerdo de su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:

- Quisiera ver una puesta de sol... Tenga la bondad... Ordénele al sol ocultarse...

- Si ordenara a un general volar de una flor a otra como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en ave marina, y si el general no ejecutara la orden recibida, quién estaría en falta, él o yo ?

- Sería usted - dijo con firmeza el principito.

- Exacto. Debe exigirse de cada uno lo que cada uno puede dar - prosiguió el rey. - La autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.

- Y mi puesta de sol ? - recordó el principito, que nunca olvidaba una pregunta una vez que la había formulado.

- Tu puesta de sol, la tendrás. Yo la exigiré. Pero esperaré, con mi ciencia de gobernante, que las condiciones sean favorables.

- Cuándo será eso ? - se informó el principito.

- Hem! hem! – le respondió el rey, que consultó primero un gran calendario, - hem! hem! será a eso de... a eso de... será esta tarde a eso de las siete horas cuarenta ! Y ya verás cómo soy obedecido.

El principito bostezó. Echaba de menos su puesta de sol fallida. Y además ya se aburría un poco:

- No tengo más nada que hacer acá - le dijo al rey. - Voy a seguir viaje !

- No te vayas - respondió el rey, que estaba tan orgulloso de tener un súbdito. - No te vayas, te hago ministro !

- Ministro de qué ?

- De... de justicia !

- Pero no hay nadie para juzgar !

- No se sabe - le dijo el rey. - No di todavía la vuelta a mi reino. Soy muy viejo, no tengo lugar para una carroza y me cansa caminar.

- Oh! Pero yo ya vi - dijo el principito, que se inclinó para dar otro vistazo del otro lado del planeta. - No hay nadie allá tampoco...

- Te juzgarás entonces a ti mismo - le respondió el rey. - Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar al prójimo. Si logras juzgarte correctamente, es que eres un verdadero sabio.

- Yo - dijo el principito - me puedo juzgar a mí mismo en cualquier lado. No necesito vivir aquí.

- Hem! hem! – dijo el rey – creo que en algún lugar de mi planeta hay una vieja rata. La escucho por la noche. Podrás juzgar a esa vieja rata. La condenarás a muerte de vez en cuando. Así su vida dependerá de tu justicia. Pero la indultarás en cada ocasión para economizarla. No hay más que una.

- A mí – respondió el principito – no me gusta condenar a muerte, y creo que efectivamente me voy.

- No - dijo el rey.

Pero el principito, habiendo terminado sus preparativos, no quiso afligir al viejo monarca:

- Si Vuestra Majestad quisiera ser obedecida puntualmente, me podría dar una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, partir antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables...

Como el rey no respondía nada, el principito titubeó primero y luego, con un suspiro, emprendió la partida.

- Te hago mi embajador - se apresuró a gritar el rey.

Tenía un gran aspecto de autoridad.

Los adultos son muy extraños, se dijo a sí mismo el principito durante su viaje.

22 de abril de 2009

El principito y el bebedor




El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Esta visita fue muy breve, pero sumió al principito en una gran melancolía.
-¿Qué haces ahí? - preguntó al bebedor, a quien encontró instalado en silencio, ante una colección de botallas vacías y una colección de botallas llenas.
- Bebo - respondío el bebedor con aire lúgubre.
- ¿Por qué bebes? - preguntole el principito.
- Para olvidar - respondió el bebedor
- ¿Para olvidar qué? - inquirió el principito, que ya le compadecía.
- Para olvidar que tengo vergüenza - confesó el bebedor, bajando la cabeza.
- ¿Vergüenza de qué? - indagó el principito, que deseaba socorrerle.
- ¡Vergüenza de beber! - terminó el bebedor, que se encerró definitivamente en el silencio
Y el principito se alejó, perplejo
Las personas grandes son decididamente muy, pero que muy extrañas, se decía a sí mismo durante el viaje

"El Principito" de Antoine de Saint-Exupéry

16 de marzo de 2008

El principito y el zorro


—¿Quién eres? —dijo el principito—. Eres muy lindo...
—Soy un zorro —dijo el zorro.
—Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—. ¡Estoy tan triste!...
—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—. No estoy domesticado.
—¡Ah! Perdón —dijo el principito. Pero después de reflexionar agregó
—¿Qué significa domesticar?
—No eres de aquí - dijo el zorro al principito -. ¿Qué buscas?......
—Busco amigos - dijo el principito - ¿Qué significa "domesticar"?
—Es una cosa demasiada olvidada – dijo el zorro- Significa “crear lazos”.
¿Crear lazos?

—Sí - dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo.....

—Empiezo a comprender - dijo el principito -. Hay una flor... Creo que me ha domesticado...
—El zorro calló y miró largo tiempo al principito:
—¡Por favor... domestícame!- dijo.
—Bien lo quisiera —respondió el principito— pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
Sólo se conocen las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!....

—El principito se fue nuevamente a ver a las rosas:
No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún —les dijo—. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
—Y las rosas se sintieron bien molestas.
—Sois bellas, pero estáis vacías —les dijo todavía—. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa q quien he regado. Puesto que es ella la rosa quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté ( salvo dos o tres que se hicieron mariposas ). Puesto que es ella la rosa quien escuché quejarse, o alabarse, o aún, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa.

—Y volvió hacia el zorro:
—Adiós, dijo.
—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito—, a fin de acordarse.
El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
El tiempo que perdí por mi rosa... —dijo el principito—, a fin de acordarse.
Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla.
Eres responsable de tu rosa...

(fragmento de "El principito" de Antoine de Saint-Exupéry)